Hace algunos años, procuré hacerme de una nada desdeñable bibliografía
sobre el Segundo Imperio Mexicano. Reuní ensayos sobre la guerra de reforma y
la segunda intervención francesa, el efímero imperio y biografías sobre los
personajes más destacados en esa etapa de la historia mexicana en la que aun
cuando lo que más se derramó fue sangre, sigue impregnada de romanticismo. Estudié
cuanto me fue posible tanto a la época como a sus personajes. Los libros que no
encontré nuevos, los hallé en ediciones ya olvidadas, en bazares, gracias a la
buena suerte, dado el desorden que abunda en tales librerías.
Mi intención en ese entonces era escribir una biografía sobre
el emperador Maximiliano, la cual, para mi satisfacción de entonces, terminé
casi justo cuando le perdí el interés. De buenas a primeras no me dejó
satisfecho y decidí que tenía que reescribirla. Cosa que nunca hice. Sin embargo,
dado que llegué a empaparme bastante sobre el tema, con el tiempo también llegué a la
conclusión de que si bien ya no me atraía escribir la biografía de Maximiliano,
sí podía recorrer lo aprendido hacia otros géneros literarios.
Hace algunos meses, repasando uno de esos libros que ahora
están esparcidos entre mi biblioteca, llegué a preguntarme qué habría pasado si
la suerte hubiera jugado de manera que Carlota y Maximiliano lograran
consolidar su gobierno. Las perspectivas de un gobierno imperial no llegaban
muy lejos. Pensé que si no hubiera perecido en 1867, lo habría hecho poco
después, dado lo revuelto e inestable que se hallaba México en ese entonces. Pero
no tardé mucho en recapacitar, porque indudablemente, de todos los gobernantes
mexicanos de entonces, incluido el propio Juárez, el príncipe Habsburgo fue el
que más simpatías despertaba a su paso, gracias a esa aura romántica que lo
rodeaba, debida primero que nada a su origen regio y luego a su personalidad,
indudablemente magnética.
La República, tal como llegó a concluirlo Victor Hugo, se salvó
por un hombre, Juárez, un gobernante en fuga a quien los mexicanos que luchaban
en casi todo el país contra los franceses hicieron su héroe. Sin esa bandera,
los esfuerzos de los generales que con tantos sacrificios permanecieron en
armas, como Mariano Escobedo, Ramón Corona y el propio Díaz, probablemente
habrían naufragado. Así las cosas, imaginé una historia en la que Juárez hubiera
muerto durante la intervención francesa, dejando huérfanos a los soldados
republicanos. Allí fue donde creí que valía la pena escribir una historia alternativa, con el imperio de los Habsburgo al mando del pueblo mexicano, una
historia con el general Díaz, pero sin el dictador Díaz, una historia sin
revolución mexicana y, naturalmente, sin PRI, y una historia a fin de cuentas
que llega hasta la época actual, en la que México, definitivamente, no puede
ser el mismo México que conocemos. ¿Qué clase de país habrían edificado Maximiliano y Carlota?
